Inflación de agosto: el primer logro de un adecuado punto de partida

todescaEl éxito o fracaso de una política sólo puede medirse en el tiempo. Es más, muchas veces conviene desconfiar del resultado inmediato. Es que el desarrollo de políticas públicas no es lineal: muchas veces algunas variables que parecen independientes no lo son, y las soluciones empiezan a trabarse unas con otras o, en otras palabras, las acciones quedan truncas, al chocar con otras incidencias que generan “daños colaterales”.

Lo que sí es seguro es que sin planificar el abordaje sistemático de variables que aparecen como independientes, pero que se modifican una a la otra, no hay política de Estado posible. Y esto es lo que está ocurriendo con la inflación, un problema que está desde hace años entre los cinco que más preocupan a los argentinos.

Los analistas privados, y los cálculos de la gestión pública, ubican a la inflación de agosto, que se dará a conocer el martes próximo entre un 0,1% y un 0,6%. Este valor es el más bajo en mucho tiempo, si tenemos en cuenta que el acumulado de los últimos 12 meses es del 40,1 (lo que supera el 3% mensual en promedio) Así, se empieza a desmontar otro discurso que tanto quisieron instalar: no es que no se pueda resolver la inflación, es que no había decisión política o, simplemente, no sabían cómo hacerlo.

Durante la campaña presidencial en 2015 el oficialismo de aquel momento argumentaba que votar a Cambiemos era condenar al país a una crisis donde se gobernaría para los más ricos y sufrirían, irremediablemente, los más pobres. Pero mientras ejercían el conocido poder del miedo, había un impuesto a la nada, un aumento sostenido de los precios que, cuando se revelaba en toda su dimensión, terminaba con cualquier discusión posible: la inflación afecta principalmente a los que menos tienen; no existe un gobierno inclusivo que someta todos los meses a su pueblo a caer por debajo de una línea de pobreza que se hace cada vez más alta.

Durante el último gobierno de Cristina Fernández la inflación creció de manera descontrolada, y por eso se ocultaban las cifras. Podemos repasar algunas, pero sería un ejercicio algo impreciso, porque ningún dato es confiable, ya que todo el sistema estadístico oficial fue arrasado: así y todo, a fin del período económico 2015 Argentina era el tercer país con más inflación en el mundo, sólo lo superaban Venezuela y Ucrania.

La falta de respuestas a un problema que todo el mundo ya ha superado nos hizo creer que era algo imposible de revertir. Nos hizo pensar en enemigos, muchos reales, pero muchos otros inverosímiles, que tapaban la ineficacia de una gestión económica que no sabía cómo resolver el aumento de precios.

Al asumir el gobierno de Cambiemos se hizo algo imprescindible: se reconoció públicamente el problema, se dejó de mentir. Se les informó a los argentinos que llevaría un tiempo, pero que ese impuesto absurdo al consumo iba a empezar a bajar. Se mostró el camino, y se empezó a recorrerlo. Se estableció una decisión, y acciones concretas para alcanzar un objetivo. Eso es hacer política, y no dogmatizar desde algún pedestal iluminado, mientras quienes escuchaban debían elegir entre comer carne o comprar leche.

Está claro que haber conseguido que la inflación esté rondando el cero no es un punto de llegada, sino el primer logro de un adecuado punto de partida. El recorrido recién empieza, y por supuesto queda mucho por hacer. Pero hay una diferencia central en la concepción del proceso: no hay efectos inmediatos, no hay anuncios altisonantes, lo que hay es planificación, equipo y resultados. Al final del camino podremos evaluar cuál de los dos senderos ayuda más a los que menos tienen.

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